En estas fechas la mayoría de las personas estamos regresando de nuestras vacaciones y tememos la vuelta al trabajo. No es un momento fácil para la mayoría después de haber disfrutado de nuestro tiempo de ocio y solemos tardar entre una y dos semanas en acostumbrarnos al ritmo laboral.
Lo fundamental es no tener la mente puesta en el pasado ni en el futuro. Nuestra consciencia siempre está atrapada en los pensamientos y en el mundo de los objetos.
Los estados de ansiedad, desazón, preocupación, nervios, tensión, temor o fobia que sufrimos están separados de cualquier peligro real e inmediato pues siempre se refieren a algo que podría ocurrir, no a algo que ya está pasando.
Nosotros nos hallamos en el aquí y ahora, mientras que nuestra cabeza siempre está recorriendo otros estados de tiempo. Esto nos crea una brecha de ansiedad porque cuando nos identificamos con la mente, y perdemos el poder y la simplicidad del ahora, ese resquicio de angustia será nuestra perpetuo compañero.
Podemos afrontar el momento presente pero no podemos enfrentarnos a un asunto que sólo es una proyección mental. Es imposible resolver el futuro porque todavía no ha ocurrido y no sabemos cómo puede acaecer. Por más que imaginemos un momento posterior, la vida tiene la destreza de darle la vuelta y sorprendernos.
La clave está en darnos cuenta de que el instante actual es lo único que tenemos y así hacer del ahora el centro de nuestra vida para acabar con la ilusión del tiempo.
Sólo de esta forma alcanzaremos la paz interior, conectaremos con el ser, con lo que realmente deseamos y estaremos libres del pesar que resulta regresar a nuestro empleo porque es peor la sensación mental antes de incorporarnos que cuando ya nos encontramos en nuestro puesto.
En el instante que venga la voz de nuestra conciencia a atormentarnos, debemos escucharla de forma imparcial, observándola sin involucrarnos. De este modo, el pensamiento pierde su poder sobre nosotros y se disuelve rápidamente porque ya no damos energía a la mente mediante la identificación con ella. Es el principio del fin de la introspección compulsiva e involuntaria.
Con la práctica, la sensación de quietud y de paz se va ahondando, de hecho, esa profundidad no tiene fin.
En este estado de conexión interna estamos mucho más alertas, más despiertos que en la fase de identificación mental. Al mantenernos plenamente presentes, se eleva la frecuencia vibratoria del campo energético que da vida al cuerpo físico.
En nuestra vida cotidiana podemos practicarlo en cualquier actividad rutinaria, como en el fin de nuestras vacaciones. Por ejemplo, cada vez que subamos o bajemos las escaleras de nuestra empresa, si mantenemos el foco de atención en cada escalón, en cada movimiento, incluso en la respiración, estando totalmente presentes, se convertirá en un momento placentero.
Cuando entremos en el coche, después de cerrar la puerta, detengámonos durante un intervalo y observemos el flujo de nuestra respiración, tomando conciencia de una silenciosa pero intensa sensación de presencia.
Entonces lograremos un alto grado de paz en nuestro interior y nuestros días serán más plenos.
Muchas personas verán una dificultad en estas acciones incluso sentirán incredulidad o desconfianza pero animo a todo el mundo a practicarlo porque es la única manera de sentir la estabilidad y la paz en nuestro interior durante todos los momentos de la vida.


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