viernes, 18 de enero de 2013

Cuando somos damnificados por la envidia de otros.


La envidia es un mal muy común que todos hemos sufrido, ya sea como operantes de este sentimiento o su víctima.

El envidioso es un insatisfecho por inmadurez, represión, frustración o inseguridad que, frecuentemente, expresa un rencor consciente o inconsciente por otro individuo que posee una cualidad material o espiritual que desea y no puede alcanzar. Su mente busca excusas continuamente para destruir al otro.


Ser el sacrificado de un envidioso causa un enorme malestar porque cuando intentamos razonar con esa persona, para que vislumbre que no somos su enemigo, el resultado suele ser nulo. Este tipo de neurosis no tiene explicación racional y surge como fruto del malestar emocional que tiene uno consigo mismo.

La envidia se presenta en muchos lugares, uno de los más frecuentes es el trabajo. La persona poseedora de celos contra alguno o varios de sus compañeros está tan sumida en su ego que sabotea el trabajo del equipo en favor de destacar por encima de los otros. Cuando realizamos un desempeño laboral, hay que emplearse a fondo por un objetivo común, el sacar adelante los objetivos de la compañía, pero cuando anteponemos nuestras carencias personales en detrimento de la empresa, el desenlace es nefasto.


Las formas de manifestación de la envidia son múltiples: críticas, humillaciones, intentos de dominación, rechazo, difamación, agravios, rivalidad, afrentas, venganzas... Constituye parte de  inconmensurables trastornos psicológicos y de personalidad.

¿Qué podemos hacer cuando somos el objetivo de un envidioso? Es una tarea de difícil resolución y sólo nos queda entender al otro a través de la compasión, a pesar de su trato hacia nosotros, esa persona tiene un malestar interior que le tortura y le impide ser feliz.

Como dijo Miguel de Unamuno: “La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”.

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