La envidia es
un mal muy común que todos hemos sufrido, ya sea como operantes de este
sentimiento o su víctima.
El envidioso
es un insatisfecho por inmadurez, represión, frustración o inseguridad que, frecuentemente,
expresa un rencor consciente o inconsciente por otro individuo que posee una
cualidad material o espiritual que desea y no puede alcanzar. Su mente busca
excusas continuamente para destruir al otro.
Ser el
sacrificado de un envidioso causa un enorme malestar porque cuando intentamos razonar
con esa persona, para que vislumbre que no somos su enemigo, el resultado suele
ser nulo. Este tipo de neurosis no tiene explicación racional y surge como
fruto del malestar emocional que tiene uno consigo mismo.
La envidia se presenta
en muchos lugares, uno de los más frecuentes es el trabajo. La persona
poseedora de celos contra alguno o varios de sus compañeros está tan sumida en
su ego que sabotea el trabajo del equipo en favor de destacar por encima de los
otros. Cuando realizamos un desempeño laboral, hay que emplearse a fondo por un
objetivo común, el sacar adelante los objetivos de la compañía, pero cuando
anteponemos nuestras carencias personales en detrimento de la empresa, el desenlace
es nefasto.
Las formas de manifestación
de la envidia son múltiples: críticas, humillaciones, intentos de dominación,
rechazo, difamación, agravios, rivalidad, afrentas, venganzas... Constituye
parte de inconmensurables trastornos
psicológicos y de personalidad.
¿Qué podemos
hacer cuando somos el objetivo de un envidioso? Es una tarea de difícil resolución
y sólo nos queda entender al otro a través de la compasión, a pesar de su trato
hacia nosotros, esa persona tiene un malestar interior que le tortura y le
impide ser feliz.
Como dijo
Miguel de Unamuno: “La envidia es mil
veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”.


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