Todos deseamos
amor, es el ideal más ansiado. Lo buscamos por todas partes, lo esperamos, anhelamos
y nos desesperamos cuando no aparece.
Aunque, cuando
de repente se presenta frente a nosotros de la forma más pura, como siempre lo
habíamos ansiado, nos entra un pavor exagerado porque nos sentimos no
merecedores de algo tan maravilloso. Incluso podemos llegar a sabotearnos para
no subsistir en ese estado tan fantástico y delirante en el que flotamos en el
aire y no sabemos cómo vamos a aterrizar. En la época actual, el amor se ha
convertido en nuestro mayor temor, incluso más que el no ser querido.
Este pánico
hace que inventemos pretextos y alegatos para justificar nuestras
inseguridades.
Negarlo o
improvisar respuestas fáciles es más fácil que lanzarnos a vivirlo con
intensidad.
¿A qué tenemos
miedo? A la desilusión, a poner nuestra vida en manos de otro, al rechazo, a no
estar a la altura, a que nos conozcan y ya no nos amen… Nos hallamos en un
estado de permanente confusión emocional y desdicha afectiva.
Por ello,
preferimos permanecer en soledad, en una pareja sin amor o andar en relaciones
superficiales que no impliquen profundidad de sentimientos.
¿Nos consideramos
indignos de ser queridos porque nos consideramos imperfectos?
Somos
imperfectos dentro de una absoluta perfección, pero cuando estamos en el ego
necesitamos identificarnos con sensaciones y objetos externos, guiados por los
cánones que la sociedad ha instaurado para tenernos aleccionados, nuestro alma
se rompe en pedazos y llegamos a sentirnos infortunados cuando la barita mágica
del amor toca nuestra existencia.
Entendemos que
amar puede causar una impresión de debilidad y dependencia, la presencia del
otro se convierte en vital y la posibilidad de ser abandonados en cualquier
momento es tan amenazante que, muchas veces, escogemos el camino más fácil: arruinar
la oportunidad de vivir una intensa emoción.
El ser humano
habita en una enorme contradicción: Junto al deseo de encontrar el amor, está
la necesidad de destruirlo.
Cuantas
locuras hemos hecho por pasión pero, ¿no merece más la pena lanzarnos a la piscina en la única y
corta existencia que tenemos?
¡CARPE DIEM!

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